Cuando se cumplen dos décadas de su sobresaliente tercer disco White Pony (Maverick, 2000) producido por Terry Date (Soundgarden, Pantera, Helmet), los de Sacramento (USA) regresan con su noveno LP, nuevamente registrado con la producción del citado. Será una casualidad del destino, pero el quinteto ha superado las expectativas tras su anterior lanzamiento, Gore (Reprise, 2016), un gran disco pero que recibió alguna que otra crítica negativa. En su nueva referencia nos deleitan con una decena de temas en los que el guitarrista Stephen Carpenter vuelve a posicionarse dentro de la banda con su potente sonido tras haber bajado de frenada previamente. En esta ocasión su instrumento ruge como un león hambriento, despachando los mejores riffs de los últimos años. Si a eso le sumamos la concisa pegada de Abe Cunningham con sus parches, platos y baquetas y la oscuridad del bajo de Sergio Vega, el resultado es más que satisfactorio. Y ahí no queda la cosa, porque Frank Delgado tiene más presencia con sus teclados y efectos, dinamizando un sonido que brilla con luz propia gracias a un Chino Moreno que combina como nadie la delicadeza de su voz con la fiereza de su garganta. Todo se refleja a la perfección desde el demoledor inicio con ‘Genesis’, donde el sintetizador y la guitarra anticipan la explosión vocal de Camilo. El resto del largo merece la pena ser degustado con paciencia y dedicación, porque en cada nueva escucha se aprecian nuevos matices que hacen del disco uno de los más logrados de su imponente discografía. Sin levantar el pie del acelerador nos topamos con la guitarrera ‘Urantia’, la concisa ‘Error’ y la ardiente ‘The Spell Of Mathematics’ con una trabajada percusión. Sin dilación, nos enamoran con la suave ‘Pompeji’ antes del tenebroso inicio en ‘This Link Is Dead’ previo paso a un logrado final con la apabullante ‘Ohms’ que titula el disco y sirvió como primer adelanto. Para muchos no estará entre sus mejores obras, pero lo cierto es que han sabido captar toda su esencia en diez canciones con su particular toque personal.

Alfredo Rodríguez