Black Lips es de esas bandas que aún saben capturar el espíritu renegado y el sentido del peligro que solo el rock & roll puede ofrecer. Sin embargo, a lo largo de los años, nos han demostrado disco tras disco que no le tienen miedo a arriesgarse con nuevas sonoridades y añadiendo nuevos sabores a su garage punk/lo-fi de alto octanaje. Para su noveno material, los de Atlanta tornan su vista hacia la música country y nos brindan doce temas que exploran los terrenos de la música campirana de distintas épocas, y añaden su histérica esencia punk para crear un álbum de sorprendente consistencia. Siempre hay componentes humorísticos en la música de Black Lips, y este disco no es la excepción; temas como ‘Hooker Jon’ y el sencillo ‘Rumbler’ muestran la ironía sardónica y la desfachatez que bien conocemos de estos disidentes — además de su magistral manera de hacer referencia a iconos del folclor del sur estadounidense como la famosa Ruta 66 —, pero también podemos notar la sapiencia y madurez de un grupo que aborda una realidad actual cada vez más aterradora con una cara desafiante y valerosa. Pero el elemento más interesante de este álbum, sobre todo dentro del contexto de Black Lips, es la manera en que han adoptado la típica instrumentación de la música sureña, y cómo esta ha transformado su manera de componer. El estilo austero y sucio del grupo funciona de maravilla con los timbres toscos y crudos de la música rural, y la estética sureña hace juego con la desesperanza y el hartazgo de sus letras. Sing In A World That’s Falling Apart es, ante todo, la respuesta de un grupo que trata de reconstruirse pieza por pieza tras el momento más difícil de su carrera, pero también es una reflexión del abandono que siente una región de la unión americana que ha sufrido de manera desproporcionada en los últimos años. El viejo sur, que tanto le ha dado histórica y culturalmente al mundo, se está desmoronando, y es por eso que el canto de los Black Lips es tan necesario.

Leonel Manzanares de la Rosa